El
dinero disputa a la
mentira el trono del motor del mundo. Podéis imaginar que cuando ambos se unen las consecuencias pueden ser devastadores. En dos post de la pasada semana en los que
comentaba uno de los libros de Huerta de Soto dedicados al dinero aparecieron en los comentarios dos de las mentiras más difundidas respecto al vil metal (cada vez más electrónico).
La primera tiene cada vez menos fuerza debido a que la demostración de su falsedad va cada vez extendiéndose. Se trata de la máxima de que la moneda mala expulsa a la buena del mercado denominada
Ley de Gresham. Ese razonamiento se basa en que la gente preferirá atesorar la moneda buena y tenderá a utilizar para las transacciones comerciales la moneda mala. Esto hará que al final la moneda mala sea la que sirva de intercambio en el mercado y por tanto la que efectivamente haga el papel de moneda de curso.
La debilidad de este razonamiento es clara. Es normal que el poseedor de moneda mala trate por todos los medios de deshacerse de ella y por tanto trate de intercambiarla por productos. Pero igual de lógico resulta que el vendedor de productos sea reacio a quedarse con la moneda mala por lo que preferirá vender a cambio de moneda buena. Al final aquel que vaya al mercado con moneda mala se encontrará que ningún vendedor estará dispuesto a venderle sus productos. Y al final la moneda que circulará en el mercado será la buena.
Hayek nos comentó como en los años de la hiperinflación alemana como muchos alemanes preferían utilizar como monedas el tabaco que la reconocida por el gobierno. De la misma manera no hace más que visitar algún mercadillo del sudeste asiático para comprobar como circulan los dólares. Existen billetes verdes norteamericanos repartidos por todo el globo a pesar de que solo es oficial en los Estados Unidos y un puñado de pequeños países. Por el contrario el bolívar controlado por Chavez no logra traspasar sus fronteras.
La segunda la dejaremos para el post de mañana.