A diferencia de
la mentira comentada ayer, la segunda goza de mucha mejor salud. Se trata del denominado ‘
multiplicador monetario’. Puede parecer curioso lo fácil que es multiplicar un bien tan valioso como el dinero. Este suceso se asemeja más al milagro de la multiplicación de los panes y peces realizadas por Jesucristo que a cualquier otro fenómeno económico conocido con anterioridad. Si trasladáramos este proceso al mercado inmobiliario sería el siguiente. Nosotros poseemos tres pisos con cinco habitaciones cada uno. Alquilaríamos dos de ellos y utilizaríamos el tercero como nuestra residencia. Según la teoría del multiplicador existirían cinco pisos, los tres que son de mi titularidad y los dos que disfrutan mis inquilinos. Imaginemos que mis dos inquilinos deciden realquilar cuatro de las cinco habitaciones que disponen los pisos, quedándose la restante para su uso. Siguiendo la teoría del multiplicador tendríamos que existirían 33 habitaciones. Quince en los tres pisos originales, diez en los alquilados y ochos en los realquilados.
Realmente si siguiéramos un razonamiento contable llegaríamos a la conclusión de que la masa monetaria es fija. Cuando una persona deposita el dinero en una cuenta corriente de un banco realmente lo está prestando a la entidad de crédito. Si no se lo quisiera ceder, debería dejarlo depositado en una caja de seguridad del banco. El depósito bancario, como cualquier otra deuda, significa un activo para el depositante y un pasivo para el que lo recibe, es decir, el banco. En ese caso el depositante no dispone de dinero sino de un derecho de cobro. Si el banco presta una parte de ese dinero depositado, por ejemplo el 90%, tendrá una obligación de pago por el 100%, tendrá un derecho de cobro por el 90% y tendrá dinero por importe del 10%. Si suponemos, para simplificar el ejemplo, que el beneficiario del préstamo bancario guarda ese dinero o lo gasta, tendremos que tendrá una obligación de pago por el 90% y él, o a los que haya adquirido algún bien, poseerá el 90% en monedas. Al final el saldo en monedas seguirá siendo del 100% y no del 190%.
El razonamiento del multiplicador estriba en que los depósitos se pueden transformar en dinero en cualquier momento y por tanto los individuos gastan en función del dinero en metálico y el dinero que tienen depositado en los bancos. Si la suma de ambos conceptos se incrementa, entonces aumentará el dinero en circulación y aumentarán los precios. Realmente los individuos gastan en función de la riqueza que tienen y no solo de del dinero en metálico que poseen. Los depósitos a la vista forman parte de esa riqueza pero también otro tipo de bienes o derechos como los depósitos a plazo, los inmuebles o las acciones de empresas. Unos mercados cada más integrados son cada vez un mayor número de bienes los que pueden convertirse rápidamente en efectivo. En los mercados organizados se pueden vender numerosos activos como acciones o bonos en un breve periodo de tiempo. Incluso los bienes inmuebles disponen de una alta liquidez en mercado pujantes por parte de grupos de inversores o a través de financiación con garantía hipotecaria. Esto lleva que los defensores del monetarismo amplíen cada día más los conceptos que engloban la masa monetaria. ¿Pero dónde ponemos el límite de la liquidez de los bienes?
No hay que olvidar únicamente el dinero emitido puede utilizarse para realizar las compras. No solo en el caso de que para comprar algo vayamos a nuestro banco y retiremos físicamente el dinero para efectuar el pago. Imaginemos que pagamos a través de una tarjeta bancaria de debito, a través de un cheque o una transferencia. Realmente el dinero nunca se hace efectivo. Estamos intercambiando un bien por un derecho de cobro. En este sentido el derecho de cobro actúa como moneda. Pero es otra moneda diferente y por tanto no tiene el mismo valor que la moneda original.
El derecho de cobro de 100 unidades monetarias de un banco muy solvente, es decir con unas reservas elevadas y que presta el dinero a proyectos de escaso riesgo, tiene un valor superior del derecho de cobro de 100 u. m. de un banco poco solvente, es decir con unas reservas escasas y que presta el dinero a proyectos de elevado riesgo. Si no quisiéramos hacer efectivo ese derecho de cobro y decidiéramos endosarlo a nuestro banco habitual para incrementar nuestro depósito bancario nos encontraríamos que su valor no es idéntico a su valor nominal. Para un banco 100 unidades monetarias nuevas suponen un incremento en sus reservas con lo que su solvencia aumenta y puede ofertar nuevos préstamos. Esto no ocurre cuando lo que le aporta el cliente es un derecho de cobro de otro banco por lo que tenderá a ‘pagarlo’ a un menor precio que si fuera dinero efectivo. Por tanto estamos hablando de diversos tipos de medios de intercambio con diferentes valoraciones. Por esa misma razón un comerciante avispado me proporcionaría más productos a cambio de 1000€ que a cambio de un cheque de mi cuenta por importe de un millón de euros. Simplemente porque en ese segundo caso, todo lo que obtendría dicho comerciante sería una cifra menor a los 1000€ del primer caso.
Verdaderamente el dinero no se multiplica sino que se acelera, es decir, permanece inutilizado durante menos tiempo. Una persona que cobra su jornal y lo guarda en efectivo, irá suministrando ese dinero al mercado a lo largo del mes por lo que gran parte de él permanece no utilizado durante todo ese periodo. Si se lo ingresan en el banco dará la oportunidad de que sea prestado en proyectos que supongan compras en el mercado y por tanto su puesta en circulación inmediata. Por tanto el dinero ni se crea ni se multiplica con los depósitos bancarios sino que cambia de usuario más rápidamente.
Con los depósitos bancarios, el dinero electrónico o los mercados de valores existen mayores posibilidades de acceder a liquidez y por tanto mayor facilidad para que el dinero rote más deprisa de mano en mano. De la misma manera que los automóviles nos llevan de un lugar a otro más rápido a hora que hace cincuenta años, no nos tiene que extrañar que se innove en la forma de transmisión del dinero para que resulte más eficiente para su único uso: facilitar los intercambios comerciales.