Por enésima vez Zapatero ha sacado a colación
la muerte de su abuelo en el debate político. Sed de venganza que empezó a destilar en el propio
discurso de investidura. ¿Ha sido el único presidente del gobierno con familiares asesinados? Al menos uno más lo tiene y en circunstancias realmente relevantes en la historia de España.
Leopoldo Calvo Sotelo leyó el 18 de febrero de 1981 su discurso de investidura como presidente del gobierno en la misma cámara en la que cincuenta años antes
su tío había realizado tantos discursos. Pero no hizo ni una sola referencia a esa tragedia familiar. Aunque dicha tragedia había supuesto el asesinato de un representante democrático a manos de las fuerzas de seguridad del Estado.
De la misma forma que a Zapatero le marcó la muerte de su abuelo, a Leopoldo Calvo Sotelo le
quedó marcado el asesinato de su tío. Y aún más marcada le quedó
la primera opinión política que recuerda. Se dirigía a casa de sus abuelos en Ribadeo y escuchó: 'Mataron a Calvo Sotelo. ¡Fixeron ben!'.
A pesar de esa vivencia, a pesar de la rabia que podía tener acumulada, Calvo Sotello no utilizó
su discurso de investidura para apelar al revanchismo o al ajuste de cuentas. Lo utilizó para defender el sistema democrático y mirar al futuro.
Encaminó su esfuerzo a (...)
conseguir para nuestro país una definición de política europea, democrática y occidental, clara e irreversible lejos de sueños que puedan delatar una tentación aislacionista respecto del marco occidental.
Aprovechó su discurso para defender que
el Estado no puede ser un simple almacén de competencias que se van trasladando o transfiriendo a las unidades territoriales y en el que al final queda un conjunto residual más o menos fortuito.
Su discurso se resumía perfectamente en el siguiente párrafo:
(...)nos estamos ocupando de sus problemas reales: de la angustia de aquellos que no encuentran empleo, de la inseguridad de los que temen perderlo, de la desazón de las familias que han visto implacablemente reducidos sus pequeños ahorros por la inflación, de quienes luchan en la adversidad para mantener vivas sus empresas, de quienes temen por su seguridad personal o la de los suyos de quienes, en definitiva, no se atreven a mirar el futuro.
Frente a la apuesta por el futuro y por los problemas reales, en la actualidad tenemos un presidente del gobierno prisionero del pasado, obsesionado por ganar una guerra que ya cicatrizó, desconectado de los problemas reales. Una España en el siglo XXI no se merece
un presidente anclado en los años treinta.