No voy a descubrir a
Rallo a estas alturas. Pero tengo que destacar
un comentario suyo a
mí post sobre las drogas:
Tú hablas de una libertad que no tiene nada que ver con la libertad terrenal. Tu hablar de una libertad que consiste en elegir metido en una urna de cristal, sin ningún tipo de influencia del medio y con una información perfecta. Es decir, destruyes la libertad de elección real por la que crees que hubiera sido la elección en caso de cumplirse los requisitos que idealizas.
Por supuesto que ambos hacemos una interpretación diferente. Yo creo que esa libertad metida en una urna de cristal es la que abanderan los anarco-capitalistas defendiendo una posibilidad imposible. La libertad real es a la que nos enfrentamos día a día cuando tenemos que compartir nuestra vida con las personas que nos rodean. Esas personas pueden limitar nuestra libertad o garantizarla. Esa es nuestra lucha.
La inexistencia de un pacto previo (una constitución) deja al individuo indefenso ante la amenaza que supone la colectividad, un campo abonado al totalitarismo. Un pacto-constitución en la que reconocemos que nuestras vidas están interrelacionadas y que estamos dispuestos a compartir la defensa de nuestros derechos de forma conjunta. Así se forma el Estado liberal, al que se limita sus atribuciones a un puñado (seguridad, marco jurídico y alguna otra migaja), las necesaria para que cumpla su función: proteger nuestra libertad y nuestros derechos.
Ese Estado no supone una legión de funcionarios opresores, supone que un colectivo toma una serie de decisiones en común. La ejecución de las obligaciones puede ser realizada por empresas pero la decisión es común.
No vivimos en urnas de cristal. Vivimos con otras personas que pueden ser la pesadilla de nuestra libertad o pueden ayudarnos a defenderla. Nos guste o no, esa es la realidad. Si alcanzamos un pacto satisfactorio podremos disfrutar de nuestra libertad y podremos enfrentarnos a los que quieren arrebatar nuestros derechos. Esa libertad es por la que merece la pena luchar. La otra, la irreal e ilógica, es la que nos debilita ante los que nos quieren subyugar.
Lo supieron exponer nuestros antecesores
en 1812:
La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.