lunes, 30 de enero de 2006
El revuelo anarcocapitalista también llega a uno de los bienes públicos por antonomasia: la seguridad. Y me refiero a la seguridad en su sentido más amplio. Ya sé que existe una determinada seguridad que no es un bien público, como la aportada por guardaespaldas, pero deberíamos considerar cuántos guardaespaldas necesitaría una estrella de cine para pasear por una calle de Irak. Efectivamente muchos más de los que se necesitan para pasear por Bel Air.

Los anarcocapitalistas están haciendo cábalas sobre lo que ocurriría si no existiese el Estado. Por una parte plantean el ejemplo de Somalia. Creo que kantor ha rebatido perfectamente con una sola pregunta: ¿Cuánta gente ha emigrado a Somalia?

También defienden que sin el Estado, los ‘señores de la guerra’ (o proveedores de seguridad) no tomarían el control de un determinado territorio. No podemos hacer un experimento sobre eso pero sí mirar en la Historia qué ocurrió ante una situación similar.

También defienden que sin el Estado, los ‘señores de la guerra’ (o proveedores de seguridad) no tomarían el control de un determinado territorio. No podemos hacer un experimento sobre eso pero sí mirar en la Historia qué ocurrió ante una situación similar.

Hubo un tiempo en el que el Estado conocido desapareció. Y digo el Estado y no un gobierno concreto. La caída del imperio romano supuso el resquebrajamiento del orden mundial de aquél tiempo. Los bárbaros que dinamitaron las fronteras romanas no buscaban constituir ningún imperio ni ocupar el poder de los césares, simplemente saqueaban lo que encontraban lo que les proporcionaba una fuente de recursos.

Ante la inexistencia de una seguridad global, surgieron multitud de pequeños proveedores de seguridad: los señores feudales. La principal barrera de entrada de ese mercado era la construcción de un castillo, cuestión nada sencilla para la mayoría de población. Los castillos proporcionaban refugio en caso de ataque y servían de centro de operaciones para la caballería. Por supuesto que la seguridad proporcionada por los señores de los castillos sólo abarcaba un puñado de kilómetros a la redonda, por tanto el comercio sufrió una fuerte caída ante la generalización de la sustracción de los envíos.

Este sistema de seguridad fue diluyéndose hacia la constitución de Estados fuertes con monarcas absolutos que eran capaces de proveer una seguridad más amplia, lo que permitía un mayor desarrollo económico que a su vez ayudaba a asegurar el sistema. Podríamos definirlo como una concentración empresarial para lograr economías de escala.

El siguiente paso se produjo cuando se planteó que ese servicio de seguridad los debía proporcionar un Estado liberal. En otras palabras, la provisión de seguridad no debía ser gestionada por un monarca absoluto sino por los ciudadanos que se beneficiaban de esa seguridad. En ese momento se pasó de una seguridad privada, proporcionada por un sujeto (monarca absoluto), por una seguridad pública proporcionada por una cooperativa de usuarios.

También defienden que sin el Estado, los ‘señores de la guerra’ (o proveedores de seguridad) no tomarían el control de un determinado territorio. No podemos hacer un experimento sobre eso pero sí mirar en la Historia qué ocurrió ante una situación similar.

Hubo un tiempo en el que el Estado conocido desapareció. Y digo el Estado y no un gobierno concreto. La caída del imperio romano supuso el resquebrajamiento del orden mundial de aquél tiempo. Los bárbaros que dinamitaron las fronteras romanas no buscaban constituir ningún imperio ni ocupar el poder de los césares, simplemente saqueaban lo que encontraban lo que les proporcionaba una fuente de recursos.

Ante la inexistencia de una seguridad global, surgieron multitud de pequeños proveedores de seguridad: los señores feudales. La principal barrera de entrada de ese mercado era la construcción de un castillo, cuestión nada sencilla para la mayoría de población. Los castillos proporcionaban refugio en caso de ataque y servían de centro de operaciones para la caballería. Por supuesto que la seguridad proporcionada por los señores de los castillos sólo abarcaba un puñado de kilómetros a la redonda, por tanto el comercio sufrió una fuerte caída ante la generalización de la sustracción de los envíos.

Este sistema de seguridad fue diluyéndose hacia la constitución de Estados fuertes con monarcas absolutos que eran capaces de proveer una seguridad más amplia, lo que permitía un mayor desarrollo económico que a su vez ayudaba a asegurar el sistema. Podríamos definirlo como una concentración empresarial para lograr economías de escala.

El siguiente paso se produjo cuando se planteó que ese servicio de seguridad los debía proporcionar un Estado liberal. En otras palabras, la provisión de seguridad no debía ser gestionada por un monarca absoluto sino por los ciudadanos que se beneficiaban de esa seguridad. En ese momento se pasó de una seguridad privada, proporcionada por un sujeto (monarca absoluto), por una seguridad pública proporcionada por una cooperativa de usuarios.

Y esto me sirve para argumentar que la paz es más probable entre cooperativas de usuarios que entre entidades de seguridad privada. La experiencia histórica va en contra de lo estipulado por Robert Murphy en la bitácora de Rallo donde se defiende lo contrario: Las agencias privadas son propietarias de los activos a su disposición, mientras que los políticos (especialmente en democracia) solamente tienen un control temporal sobre el equipamiento militar del Estado.

En las monarquías absolutas y en la época feudal las guerras eran más frecuentes que en nuestros días, a pesar de que se trataba de proveedores de seguridad privados ya que el término nación no existía y el país se entendía como ‘propiedad’ del monarca o noble correspondiente. Un ejemplo fue la Batalla de Pavía en la que se enfrentaron dos ejércitos con mercenarios suizos en ambos bandos.

En un sistema de seguridad ‘nacional’ privada se iniciarán guerras por los mismos motivos que en la antigüedad:

a) Por rentabilidad económica: si las pérdidas provocadas en los activos son menores que las recompensas logradas por la guerra, el conflicto se producirá. Esto se puede concretar en actividades de pillaje y robo si se trata de hacer incursiones en otros territorios para lograr recursos o bien en invasiones si lo que se trata es de aumentar el patrimonio del propietario de la seguridad.

b) Para aumentar la utilidad del proveedor: el ser humano no es un ‘homus economicus’ y en muchas ocasiones se incrementa su utilidad por cuestiones no monetarias. Este fue el caso de las guerras de religión que iniciaron los monarcas españoles.


Por el contrario cuando hablamos de una seguridad gestionada por cooperativas de usuarios tendremos que la primera será muy difícil que se produzca la primera opción. Entre otras cosas porque a nadie le gusta gestionar algo que desconoce. Por eso un conglomerado de médicos, carpinteros, electricistas, administrativos,... no iniciará una aventura empresarial en otro sector de negocio: la invasión o pillaje. También se reduce las posibilidades de un enfrentamiento en el segundo caso. Cuando la decisión depende de una única persona o grupo familiar, el propietario del proveedor de seguridad, es más sencillo que tenga un objetivo que le compense la actividad militar. Por el contrario es más difícil que millones de personas encuentren un objetivo común que les compense el enfrentamiento.

Por tanto podemos concluir que existen más probabilidades de conflicto en el caso de proveedores de seguridad privado como la historia nos muestra, donde la seguridad no es provista por el Estado liberal sino por grupos privados.

¿La alternativa? Mañana.
Publicado por coase @ 12:01  | Ideas
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