Problemas informáticos (¡mucha tecnología, mucha tecnología, pero al final...!) me han impedido responder a los interesantes comentarios escritos en
mi anterior post sobre la adopción por homosexuales que han extendido el debate hacia derroteros muy interesantes. Albert argumenta que he utilizado impropiamente el término ‘propiedad’ para referirme a la relación que él expone entre padres e hijos. Pero él mismo se reafirma en el derecho de los padres a vender a los hijos por un precio acordado. Si decimos que hay algo que puedes vender a tu antojo y al precio que quieras, es algo que es de tu propiedad. Pero es que yo no solamente no reconozco el derecho de los padres a vender a sus hijos sino que tampoco les reconozco ningún otro derecho. Lo que sí considero que existe son deberes por parte de los padres, como el propio Albert escribió en
un interesante artículo en La Ilustración Liberal en la siguiente apreciación:
Los padres, mediante el acto sexual voluntario, conciben una nueva persona y la sitúan en una posición de dependencia y vulnerabilidad (que no termina con el nacimiento). Los progenitores, ambos por igual, son la causa de su condición frágil e insegura; no pueden desentenderse. El individuo, desde su estado embrionario hasta que adquiere autonomía moral, hasta que cesa su carácter dependiente, tiene derecho al cuidado de sus padres, y por lo tanto el no-nacido tiene derecho a anidar en el cuerpo de la madre y a alimentarse de él.
La relación padres-hijo se articula mediante un contrato que ni es escrito ni es verbal, yo lo calificaría de contrato semilla. Se trata de un contrato en el que solo una de las partes (padres) decide llevarlo a cabo libremente (mediante la relación sexual). Pero en contrapartida una parte tiene todas las obligaciones (padres) y la otra, que no solicitó la ejecución de dicho contrato, todos los derechos (hijo). Desde el punto de vista del ‘homus economicus’ se trata de un contrato leonino que nunca se formalizaría. Todos estamos de acuerdo en que los hijos suponen un importe desembolso económico y una gran dedicación de tiempo sin que de eso se desprende poseer ningún derecho a contrapartida alguna. Por fortuna para el mantenimiento de la humanidad, los seres humanos no somos ‘homus economicus’ y a pesar de todas esas circunstancias continuamos procreando debido a la satisfacción moral que nos supone ese proceso.
Sobre la base de los derechos que posee el hijo y de los que carecen los padres, resulta inasumible que un niño sea vendido o fabricado para su posterior venta. Primero, porque él no ha aceptado ser concebido o fabricado. Segundo, porque siendo menor tiene limitaciones que impiden que pueda utilizar su libertad para elegir los padres que desee tener. Tercero, porque aunque tuviese suficiente desarrollo intelectual para discernir, tampoco puede resultar defendible una esclavitud electiva donde el menor renuncie a sus derechos para depositarlo en un tercero a cambio de una contrapartida.
Después nos encontramos el caso en que el niño no tiene padres ni tutores legales. Bien ha recalado Albert en que no he dicho que sea el Estado el responsable del futuro del niño. He dicho que era la sociedad. Anteriormente citaba el concepto de ‘contrato semilla’ para justificar los deberes de los padres que estos asumen libre y voluntariamente al concebir. Esto no se produce en el caso de los niños abandonados ya que la sociedad no ha decidido su procreación. En este caso el resto de seres humanos asumen un deber para el desarrollo de la vida de la criatura. Por supuesto que dicho acto no corresponde con lo que haría el ‘homus economicus’ pero sí con los instintos que todavía, y ojalá por muchos siglos, son propios de los seres humanos.
Si en caso de los padres, los deberes son fácilmente individualizables al tratarse de dos únicos sujetos (padre y madre), cuando esos deberes recaen en una sociedad en su conjunto su gestión es más compleja. Cuando padre y madre toman decisiones sobre su hijo resulta fácil y sencillo que lleguen a acuerdos de compromiso aceptados por ambos, cuando las decisiones las tienen que tomar un conjunto formado por varios millones de individuos las decisiones consensuadas pueden resultar más complejas. ¿Qué solución poseemos para tomar decisiones un conjunto de individuos cuando no logramos un consenso? Hoy por hoy la democracia para el sistema menos malo para lograr tomar una decisión. Por esa razón ya solicité
en otro post al señor Zapatero que convocase un referéndum para que la sociedad decidiese sobre la adopción por los homosexuales. Yo puedo estar en contra de esa adopción, pero la responsabilidad de la decisión no recae únicamente en mí sino en un conjunto de población. Sinceramente considero menos malo este sistema que el de la subasta al mejor postor de un niño. Y lo prefiero porque considero que se ajusta más a la defensa de los derechos y la libertad del niño.
Por último contestar a
Jomra cuando comenta que
‘Legislar sobre la base de consideraciones morales sería imponer una concepción moral comprehensiva al resto, y dudo que sea eso muy aceptable desde el punto de vista de la individualidad...’ Siempre se legisla bajo preceptos morales. Cuando se legisla contra el asesinato se hace siguiendo una moral que no compartían los mayas o los fenicios cuando hacían sacrificios humanos o ciertas tribus africanas cuando practicaban el canibalismo.
Verdaderamente ese el gran reto del liberalismo. Lo escribí en
otro post después de un largo y fructífero debate sobre la objeción de conciencia:
Al final la clave siempre está en lo mismo: ¿qué limite ponemos a la capacidad de la colectividad de imponerse al individuo? Pero no olvidemos que ese limite siempre lo pone la colectividad porque el individuo siempre estará en inferioridad. Y seguirá en inferioridad aunque tenga armas porque la colectividad (el conjunto de resto de individuos) siempre tendrá más.
Los liberales siempre tratamos que ese límite este lo más bajo posible y que sirva para proteger el derecho a la libertad del individuo (en este caso el de los niños). Hacer compatible ese límite con la realidad es el desafío.