Finalizamos la discusión sobre
el artículo de Huerta de Soto publicado en liberalimo.org tras las dos primeras entregas (
aquí y
aquí).
Es verdad que a pesar de que Adam Smith dedicó gran parte de su obra a defender las bondades de la libertad individual en el ámbito económico, también detalló las actividades que consideraba debían recaer en el Estado. Unos, verán la justificación de un papel para el Estado que niegan. Otros, vemos la necesaria limitación de la labor estatal para impedir que se propague como un virus por todo el cuerpo de un país. Soto define al liberalismo en las primeras líneas de su artículo como 'una corriente de pensamiento y de acción política que propugna limitar al máximo el poder coactivo del Estado sobre los seres humanos y la sociedad civil'. Bienvenido sea todo aquel que proporcione argumentos para dicha limitación como ha hecho Adam Smith. Y bienvenido sean el resto de aportaciones que proporcionen más libertad y más prosperidad.
Muy interesante me pareció la referencia de Soto al hecho de que a principios de siglo el liberalismo en nuestro país se vació doctrinalmente:
Lo que hace que muchos de hoy crean que el liberalismo, más que un cuerpo de principios dogmáticos a favor de la libertad, es un simple talante carazterizado por la tolerancia y apertura ante todas las posiciones. Posiblemente Soto ha diagnosticado el auténtico talón de Aquiles del liberalismo español y de la alternativa al progresismo: la escasa armadura ideológica. Frente a un humanismo cristiano perfectamente articulado, el pensamiento liberal adolece de unas claras señas de identidad en la mayoría de la población. Posturas intransigentes son perfectamente compatibles con el liberalismo si dichas posturas defienden una defensa radical de la libertad.
Llamativa es la referencia en el artículo de Soto al poco compromiso, liberal se supone, de la escuela de Chicago. Dicha escuela fue uno de los escasos reductos de liberalismo en medio del vendaval keynesiano. Además de salvaguardar el recelo al excesivo poder del estado sus economistas realizaron importantes aportaciones al cuerpo teórico del liberalismo y a su materialización práctica. En el caso de Milton Friedman su rigor académico coincidió con su labor divulgativa. Conocidas son sus propuestas como el 'cheque escolar' o sus diatribas sobre el estado de bienestar. Pero tengo que reconocer mi perplejidad por dualidad argumental del nobel norteamericano. Voy a hacer referencia a su obra más popular: Libertad de Elegir. Capítulo a capítulo va desgranando el poder organizador del mercado, la ineficiencia de los controles gubernamentales, de los peligros del estado del bienestar, de la falsa igualdad, de los fallos del sistema educativo,... Friedman va demostrando como hecho a hecho el Estado crea más problemas de los que resuelve cuando actúa donde la iniciativa individual puede hacerlo mejor.
Pero de repente llegamos al tema de la inflación. De nuevo el culpable es el Estado pero esta vez la solución es ... ¡el Estado!. Friedman achaca la inflación a la excesiva cantidad de dinero en circulación, si se reduce se resolvería. ¿Cómo? Por ejemplo con una subida de tipos de interés. Al tratarse de una medida impopular, el mecanismo de la política monetaria funcionaría de forma más eficiente en un órgano independiente de los políticos ... ¡pero nombrado por los políticos! ¿? Nada nuevo. Ya Keynes defendió el mayor intervencionismo estatal a través de agencias independientes y no a través de los políticos directamente en su ensayo 'el fin del laissez-faire. ¿Pero son solo políticos los elegidos democráticamente? Una extraña coincidencia entre dos economistas a priori tan diferentes.
Llama poderosamente la atención que Friedman recurre al Estado para regular los precios de un mercado tan simple como el del crédito. Después de todo ante incremento de los precios, los oferentes de fondos tenderán a exigir mayores tipos para impedir que dicho incremento merme su retribución. Dicho aumento hará descender la masa monetaria de igual forma que lo haría si hubiera sido provocado por un banco central. De esta forma el Estado sería un demandante más de fondos. Es cierto que el Estado tiene instrumentos para afectar al mercado del crédito pero para lograr que no lo desvirtúe la solución más simple parece ser que no actúe.
Para terminar no puedo dejar de anotar una laguna importante que encontramos en el artículo de Soto respecto al liberalismo en la política de los últimos años. Rodrigo Rato, que encabezó el equipo económico de Aznar, ha proporcionado algunas de las medidas más plausibles de la democracia española. Podemos citar a la ley de estabilidad presupuestaria que limita el poder de los políticos de arruinar a los ciudadanos, la privatización total de empresas públicas o el amparo a la cada vez más amenazada libertad comercial. Tal vez la más destacada fue una que no pudo materializarse debido al galimatías de las competencias: la ley que liberalizaba el suelo y hubiera mitigado el elevado alza de las vivienda.